Hoy llevé a Noah a la playa por primera vez.
Había imaginado ese momento muchas veces. Tenía muchas ganas de ver su reacción al sentir la arena, el mar y una textura completamente nueva para él.
Pero el día empezó incluso antes de llegar a la playa.
Con una amiga, que también es mamá migrante, habíamos decidido juntarnos en la playa con nuestros hijos. Nos conocemos desde hace tiempo, siempre hemos tenido conversaciones muy profundas y nos caemos muy bien. Las dos teníamos muchas ganas de que por fin se diera este encuentro.
Como cualquier panorama entre mamás con bebés, organizarlo no fue tan simple.
Habíamos quedado a una hora, pero las siestas empezaron a hacer de las suyas.
Noah durmió más de lo que esperaba y decidí no despertarlo. Mientras tanto, ella intentó dormir a su hija, pero no lo conseguía. Fuimos cambiando la hora sin saber si finalmente íbamos a lograr encontrarnos y, casi sin planearlo, las dos siestas terminaron calzando perfecto.
Cuando por fin llegamos a la playa, sentí esa ilusión que había imaginado tantas veces.
Y, como muchas veces pasa cuando una sale con un bebé, el día no siguió exactamente el plan.
La ventana de sueño de Noah se pasó un poco y, por un momento, aparecieron esos pensamientos que seguro muchas mamás conocemos.
”¿Y si ahora está demasiado cansado?”
”¿Y si debería haber vuelto antes?”
Pero esta vez pasó algo distinto.
En lugar de dejar que esos pensamientos decidieran por mí, me repetí una frase que llevo un tiempo intentando practicar:
“Confío en mi capacidad de adaptarme.”
Y esa frase cambió el resto del día.
En lugar de preocuparme por todo lo que no estaba saliendo como lo había imaginado, empecé a disfrutar lo que sí estaba pasando.
Vi a Noah tocar la arena por primera vez.
La sintió entre sus manos.
La observó con curiosidad.
Y sí… también terminó probándola.
No pude evitar reírme.
Para nosotros la arena es algo cotidiano.
Para él era un mundo completamente nuevo.
Mientras tanto, mi amiga y yo conversábamos de maternidad, de la vida y de todo un poco.
En un momento me dijo que sentía que necesitaba salir más, distraerse y volver a darse esos espacios.
Sus palabras se quedaron conmigo.
Porque me hicieron pensar en lo fácil que es dejar de lado estos pequeños encuentros cuando estamos criando lejos de nuestra familia y sin una red de apoyo cercana.
Volví a casa pensando que Noah había descubierto una textura nueva.
Pero yo también me llevé algo de ese día.
Me di cuenta de que estoy aprendiendo a confiar más en mí.
A entender que no necesito que todo salga exactamente como lo imaginé para que sea un buen día.
Que puedo hacer planes y, al mismo tiempo, darme el permiso de adaptarlos cuando sea necesario.
Y que, muchas veces, los recuerdos más bonitos aparecen precisamente ahí: cuando dejamos de intentar controlar cada detalle y simplemente vivimos el momento.
Porque a veces no necesitamos más respuestas, sino un nuevo enfoque.
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