Desde que me convertí en mamá migrante, me prometí una cosa: no quería criar sola.
Sabía que construir una red de apoyo no iba a suceder por arte de magia. Había que salir de casa, conocer personas, decir que sí a panoramas nuevos y atreverme a entrar en espacios donde no conocía a nadie.
Así fue como encontré un playgroup.
Recuerdo que, antes de ir, estaba tranquila. Incluso pensaba que sería un lugar donde me sentiría cómoda. Después de todo, durante años trabajé con niños. Fui babysitter, trabajé en un colegio Montessori y gran parte de mi vida estuvo relacionada con la infancia.
Pero apenas llegué, apareció una sensación que no esperaba.
Me sentía un poco fuera de lugar.
No porque alguien me hiciera sentir así. Al contrario, el ambiente era acogedor, los niños exploraban libremente y las mamás conversaban mientras los acompañaban. Era exactamente el tipo de espacio que estaba buscando.
Entonces, ¿por qué me sentía tan rara?
La respuesta llegó mientras observaba a Noah explorar.
Toda mi experiencia había sido desde el rol de profesional.
Siempre había estado al otro lado: acompañando a las familias, observando a los niños, proponiendo actividades o apoyando a los adultos.
Pero ese día no estaba ahí como psicóloga, ni como educadora, ni como babysitter.
Estaba ahí simplemente como mamá.
Y descubrí que esos dos lugares se sienten completamente distintos.
Como mamá, una también quiere pertenecer. También se pregunta cómo iniciar una conversación, si será bienvenida, si las demás estarán viviendo cosas parecidas. Una deja de observar únicamente a los niños y empieza, casi sin darse cuenta, a buscar un espacio para ella también.
Creo que muchas veces pensamos que la experiencia nos prepara para todo.
Pero la maternidad tiene una forma muy especial de recordarnos que siempre podemos volver a empezar.
No importa cuántos libros hayas leído, cuántos niños hayas acompañado o cuántos años hayas trabajado con familias. Vivirlo desde el otro lado cambia completamente la perspectiva.
Y cuando, además, estás criando lejos de tu país, cada primer paso pesa un poco más. Cada “hola”, cada conversación y cada encuentro requieren una pequeña dosis de valentía.
Ese día no salí del playgroup con una nueva amiga.
Salí con algo igual de importante.
Con la tranquilidad de haber dado el primer paso.
Porque entendí que construir una red de apoyo no significa encontrar a tus personas en la primera salida. Significa darte la oportunidad de volver. De seguir apareciendo. De permitir que la confianza se construya poco a poco.
Hoy miro ese primer playgroup con mucho cariño.
No porque me sintiera completamente cómoda, sino porque entendí que estaba aprendiendo a habitar una nueva versión de mí: la de una mamá que, además de cuidar a su hijo, también estaba aprendiendo a cuidar de sí misma buscando una comunidad.
Al principio pensé que sentirme fuera de lugar significaba que ese espacio no era para mí.
Pero después cambié el enfoque.
Quizás no me sentía fuera de lugar porque no perteneciera, sino porque era la primera vez que llegaba a un espacio así desde un rol completamente nuevo.
Ya no era la babysitter. Ya no era la profesional. Era simplemente una mamá intentando encontrar su lugar en un país nuevo.
Y entendí que, a veces, construir una red de apoyo empieza exactamente así: sintiéndote un poco incómoda, entrando sola por una puerta desconocida y decidiendo volver una vez más.
Porque, al final, a veces no necesitamos más respuestas.
Solo necesitamos un cambio de enfoque.
0 comentários